jueves, 29 de marzo de 2012

The Wall Live: La indestructible obra de Roger Waters - Viernes 9 de Marzo - Estadio River Plate

The Wall en vivo, el espectáculo más ambicioso de la era rock, treinta y dos años después de haber sido concebido, sin sus compañeros de Pink Floyd, pero con la tecnología de su lado para poder representar mejor que nunca toda esa fantástica polaroid de locura extraordinaria con la que selló una época y marcó a toda una generación.

Aunque aquí y ahora, Waters, y The Wall especialmente, van por más. De hecho, el viernes 9 de marzo por la noche, en el segundo show de los 9 que realizó Waters en Argentina (y al que tuve la oportunidad de asistir), el imponente estadio de River Plate está desbordado de seguidores de aquella generación que creció alucinada por las texturas sonoras y la potencia lírica de esta pieza única, es cierto, pero también están sus hijos, que se acercaron para acompañar y para ser parte de un concierto a la altura de su leyenda: más de 15 millones de dólares puestos en escena, 424 ladrillos gigantes que cubren 75 metros de largo por 25 metros de alto de muro, y 26 canciones soldadas a mano, una tras otra, sin hendijas. Para que la acústica sea lo suficientemente envolvente se sumaron seis torres ubicadas alrededor del público, para lograr un sonido cuadrafónico. Sí, una superproducción.


¿Por qué poner en escena hoy a The Wall después de tres décadas (entre 1980 y 1981 se realizaron solo 29 presentaciones en vivo del álbum, en apenas cuatro ciudades, las últimas antes de la separación definitiva de Pink Floyd)? Según el mismo Waters, para celebrar su renovada fe acerca de la humanidad, a pesar de todo. Sí, los años han cambiado su percepción del muro con el que en 1979 este músico británico decidió encerrarse y poder así escupirle a su público en la cara aquello de que no lo quería ver y que, por cierto, ni lo necesitaba. "Siento que es mi responsabilidad como artista expresar mi optimismo y darle coraje a otros para que hagan lo mismo. Como dijo un gran hombre: podrán decir que soy un soñador, pero no soy el único", sentenció el año pasado en una carta abierta cuando presentó The Wall en su versión siglo XXI.

Por eso no extraña que la previa del concierto esté musicalizada precisamente por John Lennon e "Imagine" tenga un lugar de privilegio y suene justo antes de que se apaguen las luces y comience el show.

Dos horas divididas en dos partes de trece canciones cada una. Un concierto sin sorpresas: absolutamente todos los aquí presentes (45 mil personas por noche, en los nueve conciertos en Buenos Aires) conocen qué tema viene detrás de otro. Un espectáculo que es la envidia de Broadway, en donde el protagonista, Roger Waters, ¿quién más?, actúa más de lo que toca y canta, poniéndose al servicio de un guión inapelable. Un guitarrista que se llama Dave pero no es Gilmour (Kilminster) y un cantante que se lleva el protagonismo en casi la mitad de las canciones (Robbie Wyckoff). Una pared que se construye y se destruye tan rápidamente que nadie puede dejar de sonreir.

Marionetas gigantes, animaciones de elevado contenido poético y la historia de una estrella de rock y sus excesos que hoy quiere resignificarse a través de un mensaje político en contra de las guerras religiosas y nacionalistas. Todo esto, esquivando la posibilidad de convertirse en un clon de sí mismo, como existen tantos alrededor del mundo llenando incluso estadios, interpretando al pie de la letra cada canción de cada album de Pink Floyd. Es mucho, incluso a veces parece una jugada demasiado arriesgada. Pero allí está Roger Waters dejando todo lo que tiene para ofrecer, actuando, cantando, interpretando al que fue y convenciendo a todos de que es él. The Wall, el primero y más osado espectáculo de rock de estadios, está otra vez erigiéndose alrededor del mundo, ahora, en su version apta para todo público. No es esto lo que esperabas ver? Waters, una vez mas, pensó que te apeteceria ir al espectáculo para sentir el cálido estremecimiento de la confusión.


Hablar de la influencia de The Wall en cada una de las personas que estuvieron en River no terminaría de ilustrar la escena. Esa obra que tan bien retrata una sociedad y una realidad sigue siendo actual, y eso es lo que prevalece cuando después de dos horas y media (incluida media de intervalo) se derrumba y cae ladrillo a ladrillo el legendario muro. Tanto desde lo visual como desde lo simbólico esa pared habla de la historia de Pink, el joven músico que supo ser una suerte de álter ego de Waters, pero su mensaje es más profundo: tiene que ver con la historia de la humanidad y con una crítica destartalada a una sociedad pervertida que, al parecer, en estas últimas tres décadas no aprendió nada.

Desde el minuto uno, la obra (porque más que un concierto es una pieza teatral perfecta) deja estupefacto a cualquier espectador. Hay un público absolutamente heterogéneo. El estadio parece el espacio ideal para reunir a todas las generaciones y hacer caso omiso a las diferencias políticas que supo haber. Aunque esa temática va a estar presente en toda la psicodélica propuesta del británico que, con falsos grafitis que aparecen en el muro ("Quien muere de hambre, muere asesinado", "Capitalismo", "¿Debería confiar en el gobierno?") manifiesta su negación al sistema.

De principio a fin y con algunos cambios mínimos, el disco que fue editado en el 79 y llevado al cine en el 82, sonó como hace más de 30 años; incluso Waters se va a animar a ensamblar con el vivo una versión de él cantando "Mother" en los 80.


Para entender un poco, hubo un escenario donde se construyó un muro al que le faltan los ladrillos del centro (donde están los músicos) que ocupa la totalidad del espacio y que a lo largo del primer acto, se le sumaron los ladrillos que faltaban, de manera casi imperceptible. De a poco el enojo de Pink (Waters) con el mundo se hace nítido, palpable. Él fue el que perdió a su padre a los pocos meses y que aún lo sigue extrañando. Y esa ira no puede expresarse más que gritando.

El muro funciona como la plataforma perfecta para la proyección de imágenes. The Wall es tan estética como fue su versión cinematográfica. Las luces y los sonidos entraman la historia a la perfección. Y así en los 10 metros de pantalla circular, aparecieron fotos de personas que murieron en la guerra; esas imágenes se multiplicaban en el muro mientras sonaba "The Thin Ice".

Pero claro, esto recién era el principio. Todavía faltaba esa canción que tuvo todos los usos posibles (desde bandera política hasta hit en un boliche) y el reclamo, el gran reclamo a la educación inglesa. Una marioneta gigante y colorida se mueve sobre el escenario mientras Waters y sus 12 músicos le dan vida a "Another Brick In The Wall" y ahí aparecen los chicos que sin tapujos amedrentan a la figura de autoridad y lo increpan: "No necesitamos ninguna educación. No necesitamos que controlen nuestros pensamientos". Los chicos interpelan a la marioneta, las imágenes se reproducen en el muro, los ladrillos de a poco van ganando terreno.


Y de vuelta el sonido envuelve el ambiente y aparecen unos pajaritos que se convierten en aviones. Como todo, la trama va creciendo y de esos aviones empiezan a caer signos de distintas culturas y religiones; también logos de marcas (Shell, Mercedes-Benz y Mc Donalds), y así pasa "Goodbye Blue Sky". Lo bélico y lo retórico se unen. Sólo se ven los músicos, todo lo demás fue tapado por la pared blanca. En "Goodbye Cruel World" va a quedar sólo Waters en el escenario y va a ser quien ponga el último ladrillo: ya no hay más nada, todo se trata de una pared.

Veinticinco minutos después, el muro no tiene ni una sola grieta. Empieza a sonar "Hey You", pero nadie puede verse. De a poco y a medida que pasan las canciones -siempre respetando el orden del álbum- se abren agujeros en la pared imponente, por donde puede verse a Waters. Hasta que finalmente se pone delante del muro y en "Comfortably Numb" canta acompañado desde arriba (las luces juegan un papel fundamental en la puesta) por David Kilminster (guitarrista y vocalista). Más tarde aparece el infaltable cerdo que sobrevuela cabezas, mientras toda la banda vestida como un ejército militar está delante del muro. Con "Run like Hell" todos se paran, y a partir de ahí, las luces, el muro, el chancho, absolutamente todo impacta. Cientos de veces parece que los ladrillos están por caer pero es puro efecto visual.


Waters agarra una ametralladora y va contra el mundo, con aires de venganza, pero sin perder la compostura. Los colores sangre se multiplican en el fondo, suena "The Trial" con los dibujos de The Wall . El muro sigue en pie hasta que con 45.000 personas arengando, las 2424 piezas caen. Con una escenografía de post guerra, y los escombros de fondo, Waters y su gente se despiden. El resto del mundo queda estupefacto.


Todo es inexorable. Tanto como que la pared llegue a tapar por completo el escenario, y caiga, cada vez que The Trial -impacta el manejo de las perspectivas en la animación, que acompaña al tema, que nada tiene que envidiarle a una proyección en 3D- llega a su fin. Pero si uno cree, y juega el juego, la opresión, la conmoción, el golpe directo están ahí -mucho más cerca para quienes pagan las entradas más caras: pero así es la cosa- para que uno se deje convencer. Y para hacerse dueño de la pared que más lo identifica.

La pared que es de muertos -en guerras, asesinados, víctimas del gatillo fácil, de dictaduras- en The Thin Ice . La que es de llanto. La que es de protesta en Another Brick in the Wall 3 , cuya coda acústica es uno de las pocas intervenciones que modifican el mapa musical e instrumental de la versión original. Hay para elegir. La pared es de protesta y sexo en Empty Spaces; y de frivolidad en Young Lust. De voces, de persecusión -en Run Like Hell -, o de calma. Cada uno sabrá cuál le toca. Y de qué de lado de ella está, en el momento que atraviesa su vida.